La ficción nacional tiene aguante

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Esta buenisima

Por Adrián De Paulo
(Nota publicada en la revista de APTRA
Premios TV Aire 2016)

Cuando se habla de ficción, la conclusión surge automática: si está
bien hecha, prestigia la tele. La avalan las buenas historias y la
devoción del público. ¿Acaso aquella declaración de principios que
María Valenzuela sostuvo en una entrega de premios al grito de
“aguante la ficción”, perdió vigencia? Y quienes mejores que los
encargados de desarrollar los relatos, hasta convertirlos en clásicos
televisivos, para comprender por qué una hora puede ser suficiente
para proyectarse a otros mundos, a otras vivencias.
Marta Betoldi, autora de Esperanza mía, expone algunos indicios
que explican su encanto. “Nadie sabe exactamente cuál es la
fórmula del éxito, pero Esperanza tuvo muchas cosas a favor: una
pareja contundente, el romance imposible de una casi niña y además
enamorada con un sacerdote… En suma, un amor lidiando donde tu
oponente es dios”, enumera conforme, realzando además el
carisma de Lali Espósito. La historia “blanca”, como le gusta
describir a la guionista, trascendió la pantalla. “Esperanza no se
acotó a lo televisivo, sino que pasó a una web, a libros y a teatro,
fue un fenómeno mucho más amplio”.
El recorrido de “Los siete locos y los lanzallamas”, ficción de la TV
Pública fue diferente, según revela Fernando Spiner, director
nominado del ciclo.
“Hemos recibido el apoyo y la aprobación de los arltianos más
fanáticos y eso fue muy halagüeño para nosotros”, asume. Tanto el
cineasta, como el escritor de la serie, Ricardo Piglia, compartieron
un objetivo concreto. “Hacer un folletín adaptado a este momento
para que la gente lo viera; no sólo por (Roberto) Arlt, Piglia o el
elenco, sino generar un interés genuino en la historia que se estaba
contando. Que nos permitiera introducirnos al mundo oscuro de
Erdosain”.
La escritora de Signos, Carolina Aguirre comparte otra perspectiva
en relación a la mirada del público. “No me preocupa, la disfruto, me
divierto con lo que dicen y sienten los espectadores. Es un
privilegio de esta década poder curiosear qué opinan en las redes
sociales, por ejemplo”, asume la guionista emblema de Pol-ka,
ganadora con Farsantes y Guapas y otra vez nominada, en el ciclo
protagonizado por Julio Chávez.
Javier van de Couter tiene el curioso privilegio de contar con dos
nominaciones en el mismo rubro, por mejor libretista de unitarios.
Coautor con Leonel Agostino, de Los siete locos…, admite que el
ciclo acentuó su interés por el Universo Arlt. Aunque desde Historia
de un Clan, el vínculo con el relato fue diferente. “Pocas veces me
pasó de estar en un proyecto tan potente y poético, con un tono
al que la tele no está acostumbrado, hay algo de riesgo con la
empatía del espectador”, revela y remite su experiencia a
Tumberos, en lo que fue su primera colaboración autoral.
La relación de Pablo Ramos con el público es bien distinta del
resto. El escritor, también nominado por Historia de un Clan
confiesa ver poca televisión, mucho menos series (“Recién ahora
empecé con los expedientes X”, ironiza), pero destaca la labor de
Luis Ortega, quien lo convocó. “El 90 por ciento fue de Luis, en mi
caso, aproveché desde los diálogos todo el potencial de la historia.
Lo más lindo fue imaginar lo que no estaba en los diarios”, dice en
relación a los Puccio. “Quise mostrar cómo era una familia por
dentro, traté de hacer mi laburo desde todo mi ser”, reconoce.

¿Balance 2015?
En relación al saldo que dejó la ficción nacional en un año
caracterizado por productos extranjeros, Carolina Aguirre es
directa. “No creo en los balances. Creo en las ficciones de forma
individual. Y cada uno tiene sentimientos, afinidades, una conexión
con ciertas ficciones, no importa de qué año son o en qué momento
se emitieron. Son obras independientes. El mercado en sí es algo
que no me importa ni analizo mucho, no es mi rol”. Betoldi destaca
el peso de la ficción en la pantalla, según las circunstancias. “Tiene
que ver con el momento, el año pasado el país estuvo muy
preocupado con las elecciones, la gente se volcó mucho a los
programas políticos o de debate. También un campeonato de fútbol,
contamina la importancia de una ficción. Es muy difícil hacer un
balance sin saber el contexto”, concluye.
Spiner intenta separar las “latas” de la producción nacional. “La
primera característica es que no refiere a historias nuestras, ni son
escritas o realizadas por autores, actores nuestros. La televisión es
el arma más poderosa para la producción de la cultura, si bien la
multiplicidad de formatos y de pensamientos son importantes, lo más
positivo es poder hablar de nuestras historias. Que la televisión
pueda seguir creciendo y que genere una industria”.
Betoldi admite, aún con reservas, la competencia desigual con
los productos extranjeros. “Por lo exótico, las latas turcas tienen un punto de
fantástico que llama la atención. Claro que el ritmo de
este trabajo implica otros costos. Las Mil y Una Noches por
ejemplo, se realizó como unitario, entonces la calidad de producción
es diferente”, asume. Y agrega: “Sin embargo, no todo lo que viene de afuera
es bueno, el tema pasa por lo que se cuenta y con qué calidad”.
El peso específico de nuestra televisión y fundamentalmente de
nuestra ficción, le da la razón. “Acabo de hacer un encuentro en
Shangai por Ciega a citas, que ha comprado este formato: afuera
sienten que la Argentina tiene un volumen de contenidos, muy a lo
primer mundo y debemos estar orgullosos de ello”, destaca.
Participación en festivales y sobretodo, una notoria evolución de la
ficción nacional que trasciende la pantalla, explica por qué, aún con
los cambios del televidente, aquel grito de guerra de Valenzuela
doce años atrás, continúa dando frutos. Talentos y buenas historias,
nunca faltan.