Los Premios, por Enrique Pinti

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Los Premios
(escribe Enrique Pinti)

La mayoría de los actores, autores, directores, coreógrafos, músicos, escenógrafos y vestuaristas no trabajamos por los premios. Pero si vienen, mejor. A nadie le amarga un dulce. Eso sin olvidar a los que han rechazado premios por motivos personales o políticos, ni los que han pedido ser retirados de las nominaciones invocando razones diversas y todas respetables, pues cada cual puede hacer de su premio un pito.

Sí, los premios son un mal rollo como dirían los españoles, un dolor de culo como dirían los norteamericanos y un plomazo, como diríamos nosotros, los de mi época, claro, porque hoy en día el lenguaje es muy diferente y “me besó mal!” se traduce como “me encajó un chupón de lengua que me dejó turulato”, por ejemplo.

Sí, los premios son una molestia. Si los ganás, te da cosa pasar por encima de tus colegas de terna; si los perdés te sentís una basura, un inútil y un fracasado durante cinco minutos… Sí, pero qué cinco minutos!

Si te entregan una mención honorífica te sentís menos que los otros y además tenés que romperte la cabeza pensando dónde corno vas a poner en tu casa esa plaqueta (porque siempre son plaquetas grandes y más incómodas que ladilla eléctrica). Si te dan una plaqueta por tu trayectoria te sentís al borde de la tumba con lápida y todo. Si tu discurso es corto creen que no te importa el premio; si es largo bostezan y creen que estás sobreactuando. Si te vestís demasiado quedás ridículo; si vas de entrecasa quedás desubicado. Si intercalás algún llamado a la solidaridad durante el agradecimiento te tiran pedorretas; si no hacés ninguna alusión a la terrible actualidad te tildan de frívolo. Si te hacés el superado quedás mal; si te emocionás hasta las lágrimas quedás peor. Si lo transmiten por televisión tenés que contestar las preguntas desubicadas de cuanto aprendiz de notero “transgresor” se te cruce y que luego te perseguirá con sus boludeces hasta el salón cinco estrellas donde saborearás el consabido menú recalentado en microondas y un helado derretido que pretendió ser un almendrado.

En cambio, si no lo transmiten por televisión será lo mismo que no haberlo recibido porque ni tu madrina se enterará y pasará a tu currículum en el rubro “distinciones” sin mucha pena ni demasiada gloria. Y aun así, qué lindo es oír tu propio nombre en la ceremonia y agarrarlo bien fuerte y… Sí, son cinco minutos, pero qué cinco minutos! Y si no tenés abuela decírtelo a vos mismo: “No te mueras nunca, ego querido!”