Sandro, el oyente

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sandro-143(Por Nora Lafón)

Siempre fue un fanático de la radio y, como uno más, acostumbraba llamar a los programas para brindar su opinión, acercar sugerencias, hacer un comentario o, simplemente, felicitar a algún amigo. Hablaba en nombre de Roberto Sánchez, de Banfield y Nora Lafón, su amiga y colaboradora cuenta sobre los gustos radiales que tenía Sandro.

En los largos años transitados por el mundo del espectáculo, pocas veces encontré un oyente tan multifacético, atento y selectivo como Roberto Sánchez.

De pronto, en cualquier charla Roberto podía mencionar algo que escuchó y le llamó la atención: un tema de actualidad, espectáculo, novela, ópera, nuevo cantante, frase graciosa, pensamiento inteligente… Todo podía seducirlo o todo podía hacerlo enojar. Por supuesto, sin término medio como toda persona apasionada que se precie de ello. Pero había un tema recurrente que lo exasperaba: el mal uso del lenguaje.

Puesta a reflexionar sobre los motivos de su afición, tengo que concluir que como desarrollo imaginativo sólo comparable a la literatura, la radio representaba un medio que le permitía dejarse llevar por el mundo de la fantasía. Ese que le daba la posibilidad de ser príncipe, mendigo, bello o monstruoso. Y debe ser por ello que siempre recordaba al Tarzán de César Llanos que todos escuchábamos de chicos.

Otra razón de su predilección por la radio era su reconocida capacidad de conversador. Intercambiar ideas con otro ha sido parte de su manera de ser. Por lo tanto escuchar radio y comunicarse con sus protagonistas se convirtió en algo tan natural (absolutamente ajeno a cualquier idea de promoción) que pasó a integrar su rutina; algo absolutamente cotidiano.

En los primeros tiempos de la carrera de Sandro, obviamente Héctor Larrea fue uno de sus habituales interlocutores, lo mismo que Cacho Fontana y Juan Alberto Mateyko. Después se sumaron otros nombres: Julia Bowland con quien hablaba de gatos; Néstor Ibarra “el muchacho de Puán” y sus afinidades compartidas. Bocacci era su predilecto en las trasnoches. Y en las tardes de sábados de Mitre: Oscarcito Sosa. A Teté Coustarot (otra fanática) a quien ha concedido varias notas siguió llamándola cada 20 de junio para su cumple. Se divirtió mucho con Adolfo Castello entusiasmado con su humor descabellado (fueron casi compinches); disfrutó a Dolina; siguió a Pepe Eliaschev mientras estuvo en Del Plata y luego en Nacional (le concedió una entrevista exclusiva donde hablaron de todo porque le gustaban sus editoriales); y tuvo una brillante charla con Eduardo Aliverti -un fanático de la primera hora-, con la que el periodista pudo armar dos emisiones de Dos Gardenias (para Nacional) y un anticipo para su Marca de Radio (en La Red). Sería tonto negar que Don Sánchez me incluyó como interlocutora (aún cuando no trabajábamos juntos) tanto en Del Colón al Tablón que conducía por Excélsior, como Platea que hacíamos con Alicia Petti. Nos acompañó de improviso tanto en Nacional como en Del Plata. También me sorprendió en Mónica y César. A la mañana, si se despertaba temprano, podía escuchar a Víctor Hugo o sintonizar a Baby Etchecopar para reírse un rato. Los sábados por la tarde eran para María Esther Sánchez y Alicia Barrios en La 10. Porque antes, a las dos de la tarde, tenía una cita obligada con A todo Sandro, del incondicional Di Fazio quien por muchos años le dedicó su programa y lo conectaba con sus fans en el mundo a través de la web.

En síntesis, conociendo la debilidad de Sandro por “el éter”, todos querían hablar con él, que escuchaba a todos aunque no todos tenían el privilegio que imprevistamente, como Batman, se lo escuche en el teléfono diciendo: “Hola, soy Roberto Sánchez, el oyente de Banfield”.